Una llamada que parecía capítulo final fue apenas la antesala: el intento de Donald J. Trump de sonar conciliador frente a Nicolás Maduro ocurrió días antes de que el U.S. Department of State etiquetara al llamado “Cártel de los Soles” como terrorista. No fue diplomacia. Fue un cruce de miradas a través del hilo más frágil del poder: el teléfono.

Los imperios no siempre entran por la playa. A veces entran por el bolsillo, por el puerto, por el espacio aéreo… o por una línea telefónica.
Esa imagen de un mandatario del norte levantando el teléfono para “tantear” a un líder latinoamericano arrastra cierto aire de escena doméstica. Un gesto de humanidad, podríamos pensar. Pero la historia reciente demuestra que allí donde Washington ve negociaciones, con demasiada frecuencia la región ve condicionamientos. Allí donde el establishment del norte imagina postales, fotos, épica visual para sus propias campañas, del otro lado hay una memoria continental que traduce cada gesto en alerta temprana.
Importa porque en 2025, el diálogo y la amenaza dejaron de ser dos movimientos separados en el tablero: ahora pueden convivir en la misma semana, incluso a través de la misma llamada. La conversación filtrada por la prensa alternativa que hoy analizamos es síntoma de una era donde la comunicación es arma, frontera y campo de batalla a la vez.
Según revelaciones periodísticas que citan a The New York Times, el presidente Donald J. Trump mantuvo, “la semana pasada”, una conversación telefónica con Nicolás Maduro para tantear la posibilidad de una reunión en territorio estadounidense. En esa charla también habría participado el secretario de Estado, Marco Rubio. No hubo calendario, ni plan concreto, ni el tipo de postal de capitulación que la política norteamericana suele explotar como trofeo de campaña. El dato crucial es el timing. Esa llamada ocurrió pocos días antes de que el U.S. Department of State oficializara —el 24 de noviembre— la designación del supuesto Cártel de los Soles como Foreign Terrorist Organization (FTO). La misma resolución incluye señalamientos directos contra el gobierno de Caracas, algo que Venezuela denunció públicamente como una “patraña” construida sin pruebas de una estructura jerárquica clásica ni miembros identificables.Mientras se manejaba esa conversación, ocurría en el Caribe un despliegue militar sin precedentes recientes para la región. El portaaviones USS Gerald R. Ford se encuentra desde el 16 de noviembre en el Caribe, acompañado por ejercicios de demostración de ataque con bombarderos model B‑52H Stratofortress, aeronaves asociadas históricamente a campañas de devastación, no de interdicción narco.
Mientras se manejaba esa conversación, ocurría en el Caribe un despliegue militar sin precedentes recientes para la región. El portaaviones USS Gerald R. Ford se encuentra desde el 16 de noviembre en el Caribe, acompañado por ejercicios de demostración de ataque con bombarderos model B‑52H Stratofortress, aeronaves asociadas históricamente a campañas de devastación, no de interdicción narco.
En los últimos meses, más de 80 personas murieron en ataques estadounidenses a narcolanchas en operaciones en el Caribe y el Pacífico, acciones que desde Washington se describen como lucha antidrogas, pero que en la región se leen como mensaje de coerción hemisférica. Europa, reconoció el diplomático Josep Borrell en Espejo Público de Antena 3, “no juega ningún papel en esto”. Esa lectura deja claro el vacío multilateral: es un pulso de dos Estados, con marines como paisaje secundario. Para el diplomático, el despliegue —un tercio de la flota y miles de marines estacionados— no se explica por la destrucción de 8 u 80 lanchas, sino por una operación más profunda de presión geopolítica.
También formó parte del clima de tensión la concesión del Nobel Peace Prize 2025 a María Corina Machado, lo que alimentó el interés mediático pero no modificó el cuadro militar, según la mirada de actualización independiente.
La crisis también aterrizó en lo cotidiano: aerolíneas de España y Portugal suspendieron vuelos a Caracas por recomendaciones de seguridad, lo que generó un contragolpe del gobierno venezolano que revocó licencias a empresas en respuesta. La cancelación aérea no surge de una estrategia comunitaria, sino de decisiones empresariales ante un clima de guerra inminente.
Un humilde Análisis y enfoque humano
Quedate un minuto en esta imagen: un bombardero pasando bajo, un marino con prismáticos, una madre en Maiquetía mirando el cielo, un pescador resignificando el ruido de los aviones. La gente no distingue siglas. Pero sí distingue la dirección del miedo.
Cuando Washington etiqueta a un grupo, no lo hace con la precisión quirúrgica que se exige en tribunales. Lo hace con el alcance general de la política: el estigma cae sobre un sistema entero, no sobre una oficina en particular.
Declarar “terrorista” a una red cuyos contornos ni siquiera son verificables como estructura tradicional es introducir una ambigüedad que opera como permiso: permiso para que un poder externo seleccione blancos móviles, sospechosos, difusos. En ese marco son vulnerables los funcionarios, pero lo son aún más los ciudadanos que no tienen vidrio blindado, ni foro internacional, ni departamentos de comunicación.
Declarar “terrorista” a una red cuyos contornos ni siquiera son verificables como estructura tradicional es introducir una ambigüedad que opera como permiso: permiso para que un poder externo seleccione blancos móviles, sospechosos, difusos. En ese marco son vulnerables los funcionarios, pero lo son aún más los ciudadanos que no tienen vidrio blindado, ni foro internacional, ni departamentos de comunicación.
El mensaje subyacente es la asimilación del Estado venezolano al rol de amenaza, una movida simbólica que autoriza sanciones, persecuciones, y construcciones narrativas hostiles que van a contramano del espíritu de autodeterminación continental. América Latina no olvida que el último golpe contra Venezuela en 2002 fue también un zarpazo apoyado por Washington, donde el líder social fue desplazado en un intento de instaurar gobiernos afines a los recursos petroleros.
Y no es casual que el propio Joseph Borrell haya recordado que a EE. UU. no le hizo falta desembarcar en Chile para terminar con un gobierno elegido: “organizaron un golpe de Estado”. La referencia a Salvador Allende no fue un adorno histórico: fue la confirmación de un patrón. Un recordatorio inquietante de que no existe todavía un sistema multilateral efectivo que equilibre estos pulsos. La llamada fue diálogo; el decreto fue unilateralidad.

En 2025, esta declaración del Cartel de los Soles como FTO dispone un nuevo umbral: el terrorismo ya no es solo insurgencia armada no estatal. Ahora puede ser una categoría expansiva aplicada por interés geopolítico, especialmente útil para tensionar la narrativa sobre adversarios políticos, flujos de recursos estratégicos y rutas de exportación. ¿Quiénes pagan el precio de estas categorías? Los mismos de siempre: menores en barrios de Petare, migrantes que caminan la selva del Darién huyendo del impacto colateral de un estigma que convierte su país en blanco legítimo, familias que no pueden cruzar fronteras cuando vuelan menos aviones, cuando caen más sanciones y cuando el miedo deja de ser metáfora para volverse sonido real de bombarderos sobre el Caribe.
Algunas Voces y referencias se pronunciaron
“Hubo charla, pero no hubo plan concreto” subrayó el propio informe citado por The New York Times, silueteando el vacío diplomático con una frase brutal por su sencillez.“Hubo charla, pero no hubo plan concreto” subrayó el propio informe citado por The New York Times, silueteando el vacío diplomático con una frase brutal por su sencillez.
Y pese a rumores filtrados por prensa estadounidense meses antes —propuestas de transición sin Maduro, ofertas de concesión de oro, apertura de recursos a petroleras del norte, redirección exportadora— lo cierto es que, con todos esos supuestos sobre la mesa, Washington terminó reconociendo de facto que debía hablar con Maduro. Porque más allá de etiquetas, la legitimidad estatal no se desarma por decreto, se enfrenta con diplomacias reales, sistemas de poder y, sobre todo, pueblos concretos que no responden a campañas, sino a memorias históricas.








