El conflicto que sacude al Estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del planeta, ya empieza a sacudir los mercados internacionales y amenaza con tener consecuencias directas en la economía argentina. Tras los ataques contra Irán y la tensión militar con Estados Unidos e Israel, el tránsito de petróleo por la zona quedó seriamente afectado y el precio del crudo volvió a dispararse. En un país golpeado por la inflación y los ajustes del gobierno de Javier Milei, una nueva crisis energética global podría convertirse en otro factor de presión sobre los precios, el salario y el poder adquisitivo de millones de argentinos.

Una yugular tapada y un gobierno que mira para otro lado

Hay momentos en que la historia se condensa en un puñado de kilómetros. El Estrecho de Ormuz tiene apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, pero por ese corredor pasa el 20% del petróleo mundial y cerca de una cuarta parte del gas natural licuado del planeta. Desde el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra Irán, ese paso marítimo está prácticamente paralizado. Y lo que ocurre ahí no es una noticia lejana de geopolítica: es el principio de una cadena que termina en el bolsillo de cada trabajador argentino.

El problema es que cuando llegue el impacto, el Estado argentino no va a estar. No porque no pueda estar. Porque decidió no estarlo.

Lo que está pasando en Ormuz: datos, no especulaciones

El cierre del Estrecho no fue gradual.

El 1 de marzo de 2026, la Guardia Revolucionaria Iraní declaró el cierre oficial del paso y advirtió que cualquier buque que intentara cruzarlo podría ser considerado objetivo militar. En menos de 72 horas, más de 150 embarcaciones quedaron fondeadas en aguas abiertas esperando que el conflicto se resolviera. Las grandes navieras suspendieron operaciones. Las aseguradoras marítimas retiraron coberturas o las multiplicaron por tres.

El resultado en los precios fue inmediato y brutal. El barril de petróleo Brent superó los 100 dólares el 8 de marzo de 2026 por primera vez en cuatro años, llegando hasta los 126 dólares en su punto máximo. En apenas dos días de esa semana, el precio osciló entre 120 y 80 dólares: una variación que no se había visto en tres años completos.

La Agencia Internacional de Energía estimó que más de 600 millones de barriles mensuales que transitaban por Ormuz quedaron interrumpidos, y que los productores del Golfo Pérsico ya paralizaron más de 6 millones de barriles diarios de producción. La AIE advirtió que los recortes de producción “pueden tardar semanas en revertirse”, incluso si el conflicto se detiene mañana..

Y no es solo petróleo. El cierre del Estrecho golpea también a los fertilizantes, al azufre, al helio, al aluminio y a una cadena de insumos industriales cuyo impacto en cadena llegará a la producción agrícola global. Las Naciones Unidas ya encendieron la alarma sobre posibles alzas en los costos alimentarios, energéticos y de transporte que afectarán de manera especial a las economías más vulnerables.

El mecanismo por el que Argentina paga lo que no rompio

Argentina no produce petróleo del Golfo Pérsico. No tiene buques fondeados en Ormuz. No tiene tropas en Medio Oriente. Y sin embargo, va a pagar esta crisis. El mecanismo es tan viejo como previsible.

Cuando el precio internacional del petróleo sube, suben los combustibles. Cuando suben los combustibles, sube el transporte. Cuando sube el transporte, sube todo lo que se mueve: alimentos, insumos, medicamentos, materiales de construcción. 

La inflación, que en Argentina ya viene devastando el poder adquisitivo hace años, recibe un nuevo empujón desde afuera que no tiene nada que ver con la política monetaria local y que ningún ancla cambiaria puede neutralizar.

A eso se suma el efecto sobre los fertilizantes. Argentina es uno de los principales exportadores agrícolas del mundo. Si el costo de producir una tonelada de soja, trigo o maíz sube porque los fertilizantes se encarecen por el bloqueo de Ormuz, la rentabilidad del campo cae. Y cuando la rentabilidad del campo cae en Argentina, caen las exportaciones, caen los dólares que ingresan al país y se tensiona el tipo de cambio. Es una cadena de dominó que empieza en el Golfo Pérsico y termina en la góndola del supermercado de cualquier barrio popular del conurbano.

El Estado que no está: el desfinanciamiento como política

Aquí es donde el análisis se vuelve más urgente. Porque una crisis externa de esta magnitud necesita un Estado que amortigüe el golpe. Un Estado que sostenga el salario real cuando la inflación se dispara. Que proteja la salud de los trabajadores cuando el sistema de obras sociales cruje. Que mantenga los comedores comunitarios cuando el hambre avanza. Que defienda el empleo industrial cuando la cadena productiva se fractura.

Ese Estado no existe en Argentina hoy. Y no es un accidente: es una decisión.Desde que asumió Javier Milei, el gobierno eliminó 65.582 puestos de trabajo en la administración pública, un recorte del 18% de la planta total en apenas dos años. La “motosierra”, como la llamó el propio Milei, no paró: en solo enero de 2026 se sumaron 3.900 despidos más al contador.

El Presupuesto 2026, el primero que el gobierno pudo aprobar en el Congreso, consolida ese ajuste con números concretos. Los fondos para comedores comunitarios cayeron un 28,9% en términos reales respecto a 2025, y un 61,7% respecto a 2023. La prestación Alimentar —el complemento de la AUH destinado a comprar alimentos— sufrió una caída del 15,2% real. La función Educación y Cultura se redujo un 47,7% real en comparación con 2023. Y la industria, el sector que más empleo formal genera en Argentina, recibió un recorte del 40% en sus recursos y exenciones en el mismo presupuesto.

El sistema de salud: desfinanciado cuando más se lo necesita

Si hay un sector donde la ausencia del Estado se va a sentir con fuerza ante un shock inflacionario, es la salud. Y es exactamente ahí donde el gobierno de Milei acaba de dar otro golpe.La reforma laboral aprobada por el Congreso reduce en un punto porcentual la contribución patronal al sistema de obras sociales, llevándola del 6% al 5%. En términos reales, eso implica una caída del 11,11% en los recursos del sistema de salud, sin ningún mecanismo de compensación previsto. Según datos oficiales de agosto de 2025, eso equivale a una pérdida mensual de más de 90.000 millones de pesos para el conjunto de las obras sociales.

Los sectores más golpeados son los más vulnerables: personas con discapacidad, jubilados y monotributistas que dependen del Fondo Solidario de Redistribución. El sindicato bancario lo dijo sin rodeos: financiar una reforma laboral a costa del sistema de salud no fortalece el empleo, sino que profundiza la crisis sanitaria.

Los jubilados: ajustados antes del shockEl impacto sobre los jubilados es otro capítulo del mismo libro. Cada jubilado perdió, en promedio, casi 5 millones de pesos desde la asunción de Milei. El haber medio quedó un 23% por debajo del nivel de 2023. La jubilación mínima apenas alcanza para cubrir un tercio del costo real de una canasta básica para personas mayores. Y de cara a 2026, el informe privado citado por Resumen Latinoamericano es categórico: las jubilaciones “tienen un techo” y no recuperarán lo perdido bajo el esquema actual.

Solo tres de cada diez jubilados tienen ingresos suficientes para vivir.

Los otros siete dependen de la familia, de los comedores, del trabajo informal, o directamente pasan hambre.

(Fuente: Resumen Latinoamericano, 10 de enero 2026)

La industria que ya no está: 100.000 empleos perdidos antes de la tormentaCuando llegue el impacto de la crisis energética global, la industria argentina no va a poder absorberlo porque ya llegó al conflicto gravemente herida. Según el informe de la UBA, entre 2023 y 2025 se perdieron 100.000 puestos de trabajo industriales, equivalentes a 160 empleos destruidos por día. La participación de la industria en el PBI cayó del 16,5% al 13,7%, el retroceso más pronunciado de toda la estructura económica

Mientras tanto, 22 de los 24 sectores industriales registraron caídas en su valor agregado.

Los más golpeados fueron la metalurgia, el calzado y las curtiembres, con pérdidas de entre el 20% y el 25%. El único sector que creció de manera explosiva fue la intermediación financiera, que expandió su participación un 25%, casi veinte veces el promedio de la economía.

El escenario que viene: una tormenta sin paraguas

La combinación de estos factores dibuja un escenario que no tiene precedente reciente. Una crisis energética global con origen en Medio Oriente, que dispara la inflación importada en combustibles, fertilizantes y transporte. Un mercado laboral devastado, con salarios reales en mínimos históricos y creciente informalidad. Un sistema de salud activamente desfinanciado.

Un sistema previsional que ya no puede sostener a sus beneficiarios. Una industria que perdió 100.000 empleos antes de que empezara la tormenta. Y un Estado que, por decisión política, se retiró del campo justo cuando más se lo iba a necesitar.

El economista Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de Estados Unidos, estimó que el impacto de la guerra comercial de Trump sobre la economía global equivale a una duplicación del precio del petróleo. Ahora, con Ormuz cerrado, el precio del petróleo literalmente se duplicó. Los dos shocks llegaron al mismo tiempo.

(Fuente: IProup / El Cronista / Infobae, 2026)

La pregunta que le corresponde hacerse a cada trabajador argentino no es si va a haber impacto. Ya está ocurriendo. La pregunta es quién va a estar del otro lado cuando el golpe llegue de lleno.Cómo prepararse: lo que pueden hacer los trabajadores

El Estado no va a amortiguar este golpe. Eso ya está decidido, lo venimos viviendo. Entonces la pregunta práctica es qué puede hacer cada trabajador desde su lugar, con los márgenes acotados que deja un modelo que no los prioriza.

Diversificar los ahorros.

Com on el petróleo disparado y la inflación importada en camino, concentrar todo en pesos es un riesgo innecesario. Pequeños ahorros en dólares, aunque sea en montos mínimos, funcionan como colchón ante una corrección cambiaria que en este contexto no es una posibilidad remota sino una probabilidad concreta.

Fortalecer la organización sindical. la organización sindical.

Cuando el precio del petróleo sube globalmente y el Estado desfinancia la salud y los salarios, el único mecanismo real que tienen los trabajadores para no absorber todo el impacto es la negociación paritaria colectiva. Las transiciones de poder global nunca son suaves y sus costos siempre se trasladan hacia abajo. La organización no es una opción ideológica en este escenario: es la única herramienta concreta disponible.

Reducir deuda en pesos a tasa variable.

Si el cierre de Ormuz sostiene el precio del petróleo alto durante semanas, la presión inflacionaria va a forzar una suba de tasas de interés. Las cuotas de créditos en pesos a tasa variable pueden dispararse en poco tiempo. Cancelar esas deudas antes de que eso ocurra es una medida de protección concreta y urgente.

Monitorear los precios de los servicios. 

El gobierno de Milei ya avanzó en la quita de subsidios energéticos y de transporte. Con el petróleo internacional superando los 100 dólares, los precios de la nafta, el gas y las tarifas eléctricas tienen margen para nuevos aumentos que el gobierno no tiene incentivos políticos para frenar. Estar atentos a esos movimientos permite anticipar decisiones de consumo y ahorro.

Utilice cómo Fuentes consultadas: Wikipedia (Crisis del Estrecho de Ormuz 2026), Infobae, El Orden Mundial, BioBioChile, The Logistics World, Chequeado, Resumen Latinoamericano, Prensa Mercosur / UBA, El Argentino Diario, El Intransigente, La Bancaria, La Razón de Chivilcoy, IProup, El Cronista — Febrero-Marzo 2026.

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